Menos prisas. Más conversaciones. Más momentos.
No tienen por qué ser siempre viajes extraordinarios.
A veces es algo mucho más sencillo.
- Un desayuno sin prisas.
- Un bañito después de una excursión.
- Un mercado lleno de olores nuevos.
- Un niño haciendo preguntas sin parar.
- Una conversación o un juego inventado durante un trayecto.
Eso también forma parte del viaje.
Claro que el destino importa, pero con el tiempo te das cuenta de que lo que realmente recuerdas son esas pequeñas cosas que solo pasan cuando viajáis.
Entre el trabajo, el cole, las extraescolares y las 1.000 tareas del día a día, a veces sentimos que no tenemos tiempo para estar juntos de verdad.
Viajar nos obliga a bajar el ritmo. A estar más presentes. Y, casi sin darnos cuenta, nos acerca todavía más a nuestros hijos.
Por eso no creo en llenar los días.
Creo en elegir bien.
Hay lugares que merecen la pena.
Y otros que, aunque aparezcan en todas las guías, quizá no merezcan que crucéis media ciudad con tres niños cansados para verlos durante veinte minutos.
Hay actividades maravillosas.
Y otras que quizá no encajen con vuestra familia.
Hay alojamientos preciosos.
Y otros que, por muy bonitos que sean, están tan mal situados que os acabarán complicando el viaje.
Mi trabajo consiste en saber distinguir todo esto.
Hay etapas que, mientras las estás viviendo, parecen eternas.
Hasta que un día te das cuenta de que ya han cambiado.
Ya no te piden que les leas un cuento,
Ya no quieren que les des un beso delante de sus amigos,
Empiezan a tener sus propios planes.
Y, entonces, entiendes que aquello que parecía lo más normal era, en realidad, lo más importante.
Y aunque no hace falta cruzar el mundo para crear recuerdos bonitos, sí creo que viajar tiene algo especial: nos saca del piloto automático y eso nos hace estar más abiertos a lo que vamos a vivir.
Los beneficios de viajar en familia
De un viaje nunca se vuelve exactamente igual
Para los niños
Para los padres
Para la familia
Y es que para mí, un buen viaje familiar tiene tres ingredientes.
Tiene que ilusionar.
Antes de salir ya deberíais estar deseando que llegue el día.
Tiene que poder vivirse.
Porque un itinerario puede ser maravilloso sobre el papel y, aun así, no ser lo que va con vosotros.
Y tiene que dejaros algo.
Una historia.
Un aprendizaje.
Una sensación.
Una anécdota que todavía contaréis dentro de diez años.